Hace once años, rebuscando álbumes en francés, me encontré en Barcelona con un título publicado por Paquet, desconocido para mí, del que me llamó la atención el hecho de que parecía firmado por tres hermanos -luego resultó que la colorista era esposa de uno de ellos- y que era un western, no realista, sino cartoon, que parecía venir cargado de mala leche. Narraba la historia de un pobre diablo, nacido en el Oeste, que se veía atrapado en el juego del bien y el mal protagonizado por el mismísimo Dios y el Diablo en persona.


¿Qué harías con tu vida si no te fueses a morir? En Lincoln las respuestas se van sucediendo mientras seguimos los pasos de su protagonista, un muchacho infeliz y malencarado que únicamente quiere hacerse sus dinerillos y que lo dejen en paz… pero que no puede evitar tener que enfrentarse cíclicamente a la gran dicotomía y a sus consecuencias entre los mortales.


El inicio de la colección era prometedor pero no dejaba de ser modesto; no era nada del otro mundo ni en guión ni en dibujo. Aunque me resultó simpática pensé que sería una de tantas series que aguanta un par de entregas antes de poder demostrar su potencial. Una pena, pero algo que ocurre con frecuencia. Tras ocho álbumes publicados en su mercado original y con una óptima edición en castellano de la mano de Dibbuks, me alegro de haberme equivocado y de que la propuesta haya cuajado porque cuántas otras cosas buenas se quedan por el camino.


Creo que lo primero que me atrajo de este trabajo fue su estética, me encantan los cómics que me cuentan una historia sin renunciar al humor y al aspecto de tebeo, en el sentido de que normalmente el grafismo (hiper)realista no me atrae demasiado. Aquí por el contrario un seguidor de un Vázquez o de un Monteys se sentirá a gusto ;-)


Cuando debutó esta cabecera, a principios de la década pasada, las editoriales francófonas se encontraban en una vorágine de absorción de los rasgos de los exitosos miembros de L'Association y satélites por parte del mercado comercial: surgían clones de Trondheim y Sfar por doquier, a veces hasta llegar a lo sonrojante. Parecía que se había reinventado la rueda. Pero no digo nada, porque personalmente tengo la sensación de que yo andaba buscando cosas un poco del palo de Manu Larcenet, cuya trayectoria en solitario por cierto ha deparado historietas magníficas, que he seguido con bastante atención pero que no son exactamente lo que a mí más me tienta. Leyendo Lincoln estaba claro que Jérôme Jouvray no estaba al nivel de un Larcenet o un Blain, pero ahí había, como ya digo un potencial, refrendado ya entonces, por cierto, por una serie de premios de los que por lo menos yo aquel año no me enteré. Una década más tarde, la promesa se ha convertido en una realidad, y ello nos lleva a la más reciente edición por parte de Dibbuks.


Como la editorial madrileña recoge en cada volumen dos números de la edición en francés la cuarta entrega, de este mes de octubre, lleva dentro los tomos séptimo y octavo. Dos álbumes de ambientación radicalmente distinta: un Oeste crepuscular bajo la sombra de la prohibición y los campos europeos convertidos en lodazales y cementerios, en el infierno de la I Guerra Mundial. En ambos escenarios seguimos las andanzas, desventuras, apaños, jugarretas, improvisaciones y huídas hacia delante de un protagonista gruñón y fracasado a quien es fácil cogerle cariño y por el que es difícil no sentir algo de compasión. Además, entre los aciertos del guionista, Olivier Jouvray, no sólo se cuenta el haber sabido jugar con la premisa fundamental del argumento sin que se le fuese de las manos, sino presentar una serie de excelentes secundarios. Si tomamos por ejemplo la primera mitad de este Lincoln 4, (El loco de la montaña) me parecen impagables tanto el personaje de la mujer del tabernero, perfilada con una complejidad sorprendente para una BD cómica, como la figura del cruzado anti-alcohol, insoportable párroco buenrollista que en el fondo es un hijo de la gran chingada. Además de los coprotagonistas, este título da lo mejor de si en los chistes, esos momentos de gag en los que puede surgir la carcajada, porque algunas de las situaciones que te encuentras en este libro son de mucha risa.


El más reciente, el octavo tomo, El demonio de las trincheras, y a la sazón segunda mitad del Lincoln 4 de Dibbuks, salió en Francia el verano del año pasado y no veo así de entrada referencias a un hipotético noveno, pero espero que la colección continúe y lo haga a este nivel: ahora mismo es una verdadera gozada: buen guión, buen dibujo, buen color.


Para ser un perdedor te las has sabido arreglar muy bien, Lincoln, ¡será el instinto del superviviente!


Estimado Sr V.,


Si me despisto pasa un año entero sin una nueva reseña; mis disculpas. Este creo que te gustará. Lo primero que me viene a la mente es “qué poco original es este tebeo”. ¿Mal empezamos? Qué va. Bien es cierto que esa idea ronda la cabeza durante toda la lectura de este álbum en tapa dura y formato grande (casi Din A4), más a causa del guión, que es una ensalada de tópicos del género negro, que por el dibujo, dado que Brüno (tras cuatro títulos uno de los autores que asocio con la editorial madrileña Dibbuks, que bien haría en asegurarse la exclusiva ;-) es un ilustrador con un estilo reconocible a leguas, además de versátil como pocos: uno de esos dibujantes a los que no importa qué le lances, ya un western (“Junk”), ya una historia de la época del tráfico marítimo de africanos esclavizados (“Atar Gull”), ya un argumento de ciencia ficción… el tipo lo va a clavar y además sin renunciar ni un ápice a su forma de representar cosas y personas. ¿Qué pasa entonces con el guión? Que Nury no se ha cortado un pelo y ha metido en la batidora todos los clichés posibles de las historias criminales arquetípicas (EEUU, mediados del s. XX), alrededor de la figura de un tipo duro y sin escrúpulos que se ve metido en una encerrona, en un pueblucho de mala muerte donde, cómo no, además de la maciza a la deriva de rigor pulula el clan de corruptos que lo gobiernan todo. Como mandan los cánones. Todos los cánones. Lo demás ya te lo puedes imaginar: negocios criminales, el azar que precipita viejas deudas pendientes y armas de fuego a mansalva. Total, que dicho así parece que no vale la pena pero la lectura es una verdadera gozada. Frecuentemente se nos olvida que la originalidad es una virtud distinta de la calidad, pero este cómic nos lo recuerda con creces. Con un artículo final que desgrana todas las referencias (principalmente cinematográficas, aunque también literarias) que el guionista ha tenido a bien fusilar (de las cuales yo no habría podido concretar ni una cuarta parte si me preguntan) las cartas están sobre la mesa; nada se les puede achacar a los firmantes. Me ha recordado más a “Los Desesperados” de Mezzo/Pirus que a un “Torpedo” de Abulí/Bernet, pero es de cualquier modo un divertimento que apreciarán todos los amantes del género.

    “- Pero, ¿no te has leído el libro?
    - ¡Qué voy a haber leído, chucho estúpido! ¿Quién se lo ha leído?”


    No sé si algún día me leeré el Tristram Shandy original y me parecerá que se trata de una obra maestra de la literatura universal, pero lo que tengo claro tras semanas de lectura pausada y placentera es que este Tristram Shandy en cómic lo es sobradamente en su propio medio. Una obra maestra.


    Tristam Shandy es un tebeo gordo y muy gracioso. Tremendamente gracioso. Mejor empezar por eso, lo importante, que irnos por los cerros de Úbeda. Porque al adaptar al lenguaje de la historieta una obra célebre y antigua (Google y Wikipedia, para qué os quiero) parece que no te lo puedes leer sin hacer antes una tesis doctoral, y caer en ese error sería hacerle un flaco favor a este álbum inconmensurablemente editado en castellano por Impedimenta: convertiría un hilarante espectáculo de marionetas en un sopor de conferencia congresual. Y eso sería a todas luces injusto y miope. Desconozco cuál será el recorrido de crítica y público de esta versión dibujada de “Vida y opiniones de Tristram Shandy, caballero”, pero el trabajo de Martin Rowson me ha parecido sobresaliente desde el punto de vista de fluidez narrativa, chispa de gag y originalidad compositiva: su libérrima audacia a la hora de hacer con palabras e imágenes lo que al autor le ha dado la real gana -característica omnipresente que para mí lo emparenta por ejemplo con el mejor Cerebus- le otorga muchas papeletas para convertirse en el cómic del año en lo que a mis preferencias se refiere. No obstante tampoco me extrañaría que no encontrase entre los lectores habituales del género un eco reseñable: ¿será más un cómic de librería generalista que de especializada? Mal harían los comiqueros si lo dejasen pasar inadvertidamente porque se trata de uno de esos grandes libros que salen cada mucho tiempo. Con la ventaja adicional de que al contenido en esta ocasión le hace justicia el continente: una edición inmejorable en tapa dura, lomo de tela, un buen papel, impresión impecable, texto soberbio en la versión española, rotulación antológica y cinta marcapáginas. En ese aspecto el no va más.


    A pesar de que la obra original en la que se basa el título data de hace muchísimos años, Tristram Shandy logra presentar una parodia ácida y brillante del hombre moderno. Son sus metas paradigmáticas escalar al más alto estatus social, dar con la fórmula que catapulte al linaje propio, alcanzar el conocimiento filosófico que depare el éxito vital. En un carrusel disparatado, denso, impredecible y zigzagueante el protagonista y narrador de la obra divaga lo innombrable sobre su origen para acabar pintando -el grado de intención es discutible- un retrato de una sociedad -europea, se quiera o no- cuyos tics quizás no hayan cambiado tanto a pesar de los siglos transcurridos. Así, este “Tristram Shandy”, como es habitual en los clásicos, no sólo se lee como un reflejo del mundo al que su génesis nos remonta sino como una proyección de todo cuanto logra caricaturizar con lucidez del presente.


    Gráficamente Rowson se apropia de la estética del grabado, no rehuye lo grotesco, lo escatológico ni lo carnal, y llega a lograr que se den la mano un feísmo propio del submundo del fanzine con el humor más masivo del cartoon político de diario anglosajón. ¿Argumentalmente? No hay tal argumento en el sentido convencional sino un delirio peripatético de secretillos familiares, cláusulas matrimoniales, fijaciones militaristas, complejos físicos, opiniones sobre el parto perfecto o la intachable onomástica, todo ello sazonado con guiños aquí y allá tanto a la cultura clásica como a la  contemporánea (Krazy Kat, Salman Rushdie, la xilografía, el metalenguaje de la historieta, … todo cabe).


    En última instancia es un divagar caótico por la existencia, porque en cierta manera es la existencia entera la que la novela gráfica aborda. Lo que viene a ser como un truco de prestidigitador por el cual aparentemente el Big Bang se mete dentro de un simple y burlón globo de feria. Un envoltorio irrelevante encerrando humor de calado: el que consiste en reírnos, sin complejos ni cortapisas, de nosotros mismos.

Fonte

Estimado Sr V.,
Algo distinto a lo habitual. Un puñetazo en la cara, un retrato descarado de los mecanismos de m* del mundo de nuestra época, está dibujado de la h* y en términos de concepción de guión y de diseño gráfico es simplemente soberbio. Brutal cómo mimetizan cada uno de los registros en los que se inspiran.

Fonte

Estimado Sr V.,


Me ha llevado mis añitos darme cuenta pero la verdad es que como comprador soy, por decirlo de algún modo, prudente. Me temo que por eso -para desespero de quien me sufre- me echo tanto tiempo mirando y remirando en las estanterías y mesas de novedades. Tengo que estar bastante seguro de algo para llevármelo. Por un lado, y de esto me olvido con frecuencia, mi colección se reparte en tres localizaciones geográficas y de vez en cuando me pregunto si este será el año en el que la mera capacidad espacial se vea desbordada: ¿cuántos centenares de tebeos hacen falta para hacer una casa inhabitable? ;-) Por otro lado, una idea que te suele asaltar cuando haces números antes de pasar por caja es ¡joder, son carísimos! Me parece que a todos nos ha pasado alguna vez. No digo que no tengan el PVP necesario para que evitar que este castillo de naipes (dicho cariñosamente) se venga abajo, ojo; no, no digo “carísimo” en ese sentido. El, en buena medida, frágil ecosistema que integra la creación, edición, impresión (algunos todavía no imprimimos en China), distribución y venta minorista necesita lo que apoquinamos, y más necesitaría para poder crecer: más lectores y lo ansiado por los creadores entre los que nos contamos, una remuneración más justa.


Así que no, nunca me ha dolido gastar el dinero en cómics. Pero se comen sus metros cuadrados y se llevan su montante, eso no se puede negar (y si esto último lo pones en perspectiva con lo que dan de si los sueldos hoy en día, no te digo nada). De manera que te tienes que cortar un montón. Yo reconozco que estoy un poco cansado de privarme de cosas, pero lo hago todas y cada una de las veces que voy a la librería. Si fuese millonario me iba a comprar el triple de obras que me llevo. Y no por acumular por acumular, qué va, más adquiriría por el simple hecho de que muchos títulos me tienen bastante buena pinta y me encantaría poder leerlos en casa. (Por lo menos unos pocos, afortunadamente, llegarán a las bibliotecas y así a mis manos algún día, espero. Benditas bibliotecas.) Pero comprarlo todo, no puede ser. Haces números y es demasiada pasta. Mira hoy, por ejemplo: me he dejado 54 euros. 54 eurazos, tío. ¿Crees que en los tiempos que corren mucha gente se lo puede permitir? Pues no te creas que es un carro lleno. He cogido cuatro cosas mal contadas (qué digo: bien contadas). Mayormente, algunas que considero más o menos imprescindibles: Una nueva entrega de la autobiografía de Mizuki (tomo), el primero del western de Emma (grapa), el segundo volumen de “Prophet” y… he hecho lo que muy rara vez hago, tirarme a la piscina y elegir algo de precio respetable sin saber nada de su autor ni del argumento. 20 euros. Y -ahí es nada- de una nueva editorial, toma ya. (Bienvenida sea.) Vivimos en un mercado raquítico pero absolutamente maravilloso en cuanto a la diversidad de la oferta, llevo muchos, muchos años diciéndolo. Por ejemplo ¿te has dado cuenta de la infinidad de ediciones integrales que hay a la venta? Clásicos europeos, estadounidenses, tiras de prensa, series de álbumes francobelgas recopiladas de 3 en 3… muchas son ediciones a todo color, con buen papel, bien rotuladas. Lo que daría por poder tenerlas. Sin embargo fíjate, hoy mismo, tontamente, un jueves por la tarde, como quien no quiere la cosa, ya me ha quedado temblando el bolsillo. Anda que como no me guste esta apuesta a ciegas, eh.


Nah, eso ni pensarlo :-) Ya te contaré…


image